Castros en Galicia: cómo vivían los celtas y cómo entender hoy su territorio

Cuando se habla de castros en Galicia, muchas veces se cuenta todo de forma demasiado simple.

Se habla de los celtas como si fueran un único pueblo.
De los castros como si fueran aldeas aisladas.
Y de Roma como si todo empezara con ellos.

Pero cuando empiezas a mirar el territorio con calma, eso deja de tener sentido bastante rápido.

Qué eran realmente los castros

Un castro no era solo un sitio donde vivía gente.

Era un lugar donde se organizaba la vida entera.

Allí se trabajaba, se convivía, se tomaban decisiones y se gestionaba el entorno. No eran asentamientos improvisados. Estaban pensados.

En Galicia hay miles. Entre 3.000 y más de 5.000, según cómo se cuenten. Y solo una pequeña parte se ha excavado.

Eso ya te da una idea de la escala.

No estamos hablando de casos puntuales, sino de una forma de ocupar el territorio.

Quiénes eran los celtas en Galicia

Aquí es donde más se lía todo.

Los celtas no eran un imperio ni un pueblo uniforme. No había un rey común ni una estructura centralizada.

En Galicia, cuando hablamos de celtas, hablamos de comunidades del noroeste que compartían formas de vida, una base cultural y ciertas creencias.

Cada castro funcionaba de manera bastante autónoma. Eran muchas pequeñas comunidades conectadas por cosas en común, no por una autoridad central.

Cómo era la vida en un castro

La imagen de guerra constante no encaja con lo que se sabe.

La vida era bastante más práctica.

Dentro de un castro había organización. Casas, caminos, zonas de trabajo. No era un caos.

La economía se basaba en lo que tenían alrededor: cultivo de cereales, ganadería, aprovechamiento del monte, trabajo del metal, cerámica, tejidos.

No eran completamente autosuficientes. Había intercambio. Se movían. Tenían contacto con otros lugares.

No estaban aislados del mundo.

Cómo entendían el tiempo y la vida

Aquí es donde cambia todo.

Para ellos, el tiempo no era una línea como la entendemos ahora. Era un ciclo.

El calendario era lunar. Y eso no es un detalle sin importancia. Marcaba cuándo sembrar, cuándo recoger, cómo organizar el año.

Todo giraba en torno a la repetición y al cambio constante.

Esa forma de entender el tiempo también se refleja en cómo vivían.

Creencias y rituales

No tenían templos como los romanos.

Sus lugares eran otros: montes, fuentes, espacios abiertos.

Se han encontrado referencias a divinidades como Bandua, pero no hay una estructura religiosa como la romana.

Los rituales no eran algo separado de la vida. Formaban parte de ella. Estaban ligados a los ciclos naturales, a momentos concretos del año.

El papel de la mujer

Aquí también hay mucho ruido.

No era una sociedad moderna ni igualitaria en el sentido actual, pero tampoco era un sistema en el que la mujer no contara.

Participaba en la economía, en la vida diaria y en la organización familiar. Tenía un papel activo dentro de la comunidad.

No era invisible.

Cómo se organizaban

No había emperadores ni una estructura centralizada.

El poder era local.

Seguramente había figuras de autoridad dentro de cada castro, pero no como un sistema rígido. Más bien basado en la experiencia, la edad o la capacidad.

Era una organización más directa.

Cómo se movían

Se movían a pie. También a caballo.

Los caminos existían, pero no eran como las calzadas romanas. Eran rutas naturales, adaptadas al terreno.

Y aquí hay algo importante: los ríos.

Antes de que hubiera puentes, los pasos naturales del río eran fundamentales. Los vados marcaban por dónde se podía cruzar.

Eso condiciona todo el territorio.

No eran castros aislados

Esta es la idea clave.

Durante mucho tiempo se ha repetido que los castros eran asentamientos independientes. Pero cuando miras el mapa, eso no encaja.

Están demasiado cerca unos de otros. En posiciones demasiado estratégicas.

Lo que aparece es otra cosa: un sistema.

Un ejemplo claro: Lámbrica, Santrocado, Laias y Astariz

No hace falta irse lejos para verlo.

San Cibrao de Las es uno de los mayores asentamientos del noroeste. No es un castro cualquiera. Es un centro importante.

En la misma montaña está el Castro de Santrocado. Desde allí se ve todo. Es un punto de control claro.

Más abajo, en el valle, está Laias. Agua, tierras fértiles, paso del Miño. Es una zona de producción evidente.

Y cerca del río aparece Castro de Santa Lucía de Astariz, en una posición que encaja con zonas de paso.

Si lo miras en conjunto, no parecen cuatro puntos sueltos.

Parecen partes de un mismo territorio organizado.

Cuando llega Roma

Roma no llega a un lugar vacío.

El primer contacto se produce en el 137 a.C. con Décimo Junio Bruto, pero la integración real llega a finales del siglo I a.C. con Augusto.

A partir de ahí, cambian muchas cosas: aparecen las vías, se reorganiza el territorio, se intensifica la explotación de recursos.

Qué queda hoy

No quedan grandes edificios como en otras partes del Imperio.

Pero queda algo más difícil de ver.

La forma en la que está organizado el territorio. Los nombres de los lugares. La relación con el entorno.

Y si sabes mirar, todavía se entiende.

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